Generar tribu en este tiempo histórico no es una moda ni un gesto romántico: es un acto político. Es una forma concreta de cuidado personal y, sobre todo, de cuidado comunitario. En una época marcada por la hiperproductividad, la competencia constante y la precarización de los vínculos, elegir encontrarnos, sostenernos y acompañarnos es una forma de resistencia.
El sistema en el que vivimos —capitalista, patriarcal y profundamente individualista— necesita sujetos aislados. Personas cansadas, desconectadas entre sí, convencidas de que deben poder solas. La soledad no es un accidente: es una estrategia de control. Un cuerpo solo es más fácil de explotar; una mente sola, más fácil de culpar; una vida sola, más fácil de romper.
El mandato patriarcal nos educó en la autosuficiencia rígida, en la negación de la vulnerabilidad y en la idea de que pedir ayuda es debilidad. Particularmente a los hombres se nos entrenó para competir antes que cooperar, para callar antes que sentir, para dominar antes que vincularnos. El resultado es una tendencia silenciosa de aislamiento afectivo, violencia y sufrimiento psíquico que luego se expresa en adicciones, depresión o agresión.
Frente a esto, la tribu —la red, el círculo, la comunidad— aparece como una medicina radical.
Desde perspectivas comunitarias del cuidado, como las planteadas por autoras como bell hooks o Rita Segato, sabemos que el amor no es solo una emoción privada, sino una práctica política. Cuidar y dejarnos cuidar cuestiona la lógica patriarcal de la dureza. Tejer redes desafía la fantasía neoliberal del “sálvese quien pueda”. Acompañarnos rompe la narrativa de que el dolor es un fracaso individual.

La interconexión nos devuelve algo que el sistema nos arrebató: la experiencia de pertenecer.
Hacer tribu significa crear espacios donde la vulnerabilidad no sea castigada, donde la palabra circule sin miedo, donde el sufrimiento se comparta y deje de ser vergüenza. Significa construir lugares donde la ternura tenga legitimidad y donde el cuidado sea una responsabilidad colectiva, no una carga invisible asignada históricamente a las mujeres.
También implica desaprender violencias. Porque no se trata solo de juntarnos, sino de transformar la forma en que nos relacionamos: sin jerarquías rígidas, sin autoritarismos, sin reproducir las mismas lógicas de poder que nos dañaron. Una tribu que replica el patriarcado deja de ser refugio y se vuelve otra cárcel.
En este sentido, crear comunidad es un gesto profundamente terapéutico y político a la vez. La psicología del trauma nos muestra que el daño relacional solo sana en relación. No nos curamos solos: nos regulamos, nos reconstruimos y nos humanizamos en vínculo.
Por eso, hoy más que nunca, hacer tribu es una forma de sobrevivir con dignidad.
Es negarnos a aceptar la crueldad como norma.
Es elegir el cuidado en un mundo que premia la indiferencia.
Es decir: nadie se salva solo.
Construir comunidad no es retroceder al pasado; es imaginar futuros posibles. Es recuperar la memoria de que siempre fuimos interdependientes. Y es, quizá, uno de los actos más subversivos que podemos practicar: volver a necesitarnos.
Recomendación:
- Hacer tribu en tiempos de aislamiento: una práctica de cuidado y resistencia – Christian Ortíz
- El universo no paga la renta: Sobre el engaño espiritual y la desigualdad.
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