Si el cuerpo no es sagrado, difícilmente algo más podrá serlo. Cultivar una relación de amistad con el propio cuerpo —reconocerlo como territorio de gozo, placer y vitalidad— no es un gesto superficial, sino un acto de dignidad humana.
La cultura hegemónica ha promovido históricamente una desconexión sistemática del cuerpo, de la naturaleza y de sus ciclos. En nombre de la productividad, el control y la normalización, se ha instalado una narrativa que desconfía de lo corporal, que sospecha del goce y que desautoriza la escucha interna. Este proceso no es neutro: ha generado condiciones propicias para múltiples formas de trauma, sufrimiento psíquico y desarraigo existencial.
Muchos de los malestares contemporáneos no pueden comprenderse sin atender esta ruptura profunda entre las personas y su experiencia encarnada. Cuando el cuerpo deja de ser un espacio seguro —cuando no se le reconoce como fuente de orientación, límite y sabiduría— se erosiona también la posibilidad de construir vínculos confiables con el entorno. La ausencia de una relación amable con el propio cuerpo suele ir de la mano con la dificultad para habitar espacios que provean seguridad, cuidado y pertenencia.

Por ello, hoy más que nunca, resulta urgente recuperar un vínculo afirmativo y amoroso con nuestra corporalidad: amarla desde su unicidad, afirmarla desde la diversidad y cuidarla a partir del reconocimiento consciente de sus necesidades físicas, emocionales y relacionales.
Más que hablar de una espiritualidad corporificada, podemos hablar de un estado de plenitud corporificado: una forma de estar en el mundo donde la integridad del cuerpo, la mente y el entorno se entrelazan. Esta plenitud se manifiesta en lo sagrado de lo cotidiano, habita en el fluir de las cosas simples, se expresa en el contacto respetuoso y amoroso con los otros y con la naturaleza. En muchos sentidos, constituye una plataforma esencial para la creación de paz interior, conectividad social y reparación del trauma.
Reconectar con el cuerpo no es un lujo ni una moda terapéutica: es un acto político, cultural y profundamente humano de restitución del derecho a sentir, a habitarse y a vivir con dignidad.
Christian Ortíz.
Recomendación:

Christian Ortíz.
Miembro de C.G Jung Foundation for Analytical Psychology
Christian Ortiz es un psicólogo y autor con dos decadas de experiencia en la prevención y atención de la violencia, intervención en crisis y psicoeducación sobre masculinidades. Su trayectoria combina la atención terapéutica con la creación de contenidos y la impartición de capacitaciones.
En su papel como psicólogo y ministro, ha participado en diversos eventos y programas enfocados en derechos humanos, cultura de paz, espiritualidad y prevención de la violencia.
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