El universo no paga la renta: Sobre el engaño espiritual y la desigualdad.



En las últimas décadas, ciertos discursos espirituales que prometen plenitud, éxito y bienestar han ganado una enorme popularidad. Se presentan como alternativas “conscientes”, “amorosas” y supuestamente liberadoras frente a las religiones tradicionales o a los sistemas políticos considerados fallidos. Sin embargo, bajo un lenguaje renovado de vibraciones, manifestación y energía, muchas de estas corrientes reproducen viejas ideas profundamente problemáticas: una visión moralizante de la pobreza, una negación de las causas estructurales de la desigualdad y una espiritualidad despolitizada que termina siendo funcional al statu quo.


Uno de los núcleos más evidentes de este fenómeno es la reaparición —con nuevos símbolos y vocabularios— de lo que históricamente se ha conocido como la teología de la abundancia. Aunque suele asociarse al evangelicalismo contemporáneo, hoy también se manifiesta con fuerza dentro de la llamada “Nueva Era”, camuflada bajo conceptos aparentemente neutros o positivos como “mentalidad de abundancia”, “ley de la atracción”, “manifestar la realidad” o “alinearse con el flujo del universo”.


El término Nueva Era no designa un movimiento homogéneo ni una doctrina sistemática. Más bien, se trata de un conglomerado de prácticas, creencias y discursos espirituales que comenzaron a popularizarse a partir de la segunda mitad del siglo XX, especialmente en contextos occidentales urbanos y de clase media. Toma elementos del hinduismo, el budismo, el esoterismo europeo, la psicología humanista, el pensamiento positivo y ciertas lecturas simplificadas de la física cuántica.
En su versión más difundida, la Nueva Era propone que la realidad es moldeable a través de la conciencia individual. El pensamiento, la emoción y la intención no solo influyen en la experiencia subjetiva, sino que serían capaces de producir efectos directos sobre el mundo material. Desde esta lógica, la enfermedad, la pobreza o el sufrimiento se explican como desajustes energéticos, bloqueos internos o creencias limitantes.


El problema no es, en sí mismo, la búsqueda de sentido, bienestar o conexión espiritual. El problema aparece cuando esta cosmovisión se absolutiza y se desconecta de las condiciones históricas, sociales y políticas en las que las personas viven. Allí es donde la espiritualidad deja de ser una herramienta de conciencia y se convierte en una forma sofisticada de negación.
En este punto resulta clave detenerse en la llamada teología de la abundancia, pues muchas de estas ideas no son nuevas, sino viejas doctrinas recicladas con un lenguaje contemporáneo.


La teología de la abundancia surge con fuerza en ciertos sectores del protestantismo estadounidense durante el siglo XX. Su premisa central es que la prosperidad económica es una señal del favor divino, mientras que la pobreza es resultado de una fe insuficiente, una moral defectuosa o una actitud mental incorrecta. Dios —o, en versiones más secularizadas, el universo— recompensa a quienes creen correctamente y castiga, implícitamente, a quienes no lo hacen.


Cuando esta lógica se traslada al lenguaje de la Nueva Era, Dios desaparece como figura explícita, pero su función es reemplazada por el “universo”, la “energía” o la “ley de la atracción”. El resultado es el mismo: si eres pobre, es porque no has sabido manifestar; si estás enfermo, es porque vibras bajo; si no prosperas, es porque algo en ti está mal.
Este desplazamiento resulta especialmente eficaz porque se presenta como empoderamiento personal. La persona siente que tiene control absoluto sobre su destino. Sin embargo, ese supuesto poder tiene un reverso cruel: toda dificultad se convierte en culpa individual. No hay espacio para reconocer la violencia estructural, el racismo, el clasismo, el colonialismo, el género o la historia económica como factores determinantes del sufrimiento.


Este marco de pensamiento produce una espiritualidad profundamente despolitizada y sostenida por múltiples formas de autoengaño.
Uno de los rasgos más problemáticos de estas corrientes es su profunda despolitización. Hablar de estructuras de poder, sistemas económicos, explotación laboral o desigualdad social suele considerarse “baja vibración”, “negatividad” o “conciencia de víctima”. Se invita a las personas a enfocarse únicamente en su mundo interno, como si este existiera en un vacío social.
Este tipo de espiritualidad no solo es ingenua: es funcional al orden dominante. Al trasladar toda la responsabilidad al individuo, se invisibilizan las causas reales de la pobreza y se neutraliza cualquier impulso de organización colectiva o transformación social. La injusticia deja de ser un problema político y se convierte en un problema energético.


El autoengaño opera de manera sutil. Muchas personas que han tenido acceso a privilegios materiales interpretan su posición como prueba de que “hicieron bien el trabajo interior”, mientras que quienes viven precariedad son vistos —consciente o inconscientemente— como personas menos evolucionadas, menos conscientes o menos espirituales. Así, el clasismo se reviste de lenguaje amoroso y se vuelve aún más difícil de cuestionar.
Las consecuencias humanas de estas narrativas no son abstractas ni simbólicas: se manifiestan de forma concreta en la vida de millones de personas.
Las consecuencias de estas ideas no son abstractas. Personas en situaciones de pobreza, enfermedad o violencia llegan a experimentar una doble carga: el sufrimiento material y la culpa espiritual. No solo carecen de recursos, sino que además sienten que han fallado a nivel interno, que algo en ellas está defectuoso.


En contextos terapéuticos y comunitarios, esto se traduce en vergüenza, silenciamiento y aislamiento. Pedir ayuda se vuelve un signo de debilidad espiritual. Nombrar el dolor se interpreta como “quejarse” o “atraer más de lo mismo”. La espiritualidad, en lugar de aliviar el sufrimiento, lo profundiza.
Frente a este panorama, se vuelve urgente plantear otra forma de entender la espiritualidad: una espiritualidad que camine en el mundo.
Frente a este panorama, se vuelve urgente recuperar una espiritualidad encarnada, crítica y situada. Una espiritualidad que no niegue la dimensión interior, pero que tampoco la absolutice. Que reconozca que el sufrimiento humano no puede explicarse únicamente desde la psicología individual o la «energía» personal.


Una espiritualidad que camina en el mundo entiende que la pobreza no es un fallo moral ni espiritual, sino el resultado de decisiones políticas, modelos económicos y herencias históricas concretas. Entiende que el bienestar no es solo un asunto de actitud, sino de acceso real a condiciones de vida dignas.
Lejos del evasivo “todo pasa por algo”, esta espiritualidad se atreve a preguntar: ¿quién se beneficia de que las cosas sean como son?, ¿qué sistemas sostienen el dolor?, ¿qué responsabilidades colectivas tenemos frente al sufrimiento ajeno?
No se trata de oponer espiritualidad y política, sino de reconocer que toda espiritualidad tiene implicaciones políticas, lo admita o no. Elegir no ver la desigualdad también es una postura política.
Más que una conclusión cerrada, esta reflexión queda abierta como una invitación ética y política.


La crítica a la teología de la abundancia y a sus versiones new age no busca ridiculizar la búsqueda espiritual ni negar el valor del trabajo interior. Busca, más bien, devolverle profundidad, ética y responsabilidad. Una espiritualidad que solo sirve para sentirse bien mientras el mundo arde no es sanación: es anestesia.
Tal vez el verdadero trabajo espiritual de nuestro tiempo no consista en manifestar más, sino en mirar de frente las condiciones que producen sufrimiento y preguntarnos, con honestidad, qué lugar ocupamos en ellas y qué estamos dispuestos a transformar, dentro y fuera de nosotros.

Christian Ortíz.

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