Más allá de la desesperanza: salud mental en tiempos difíciles



Hay días en los que mirar el mundo resulta agotador. Abrimos el teléfono y encontramos guerras, violencias, crisis políticas, precariedad, discursos de odio, catástrofes ambientales. Unos segundos después aparece un meme, publicidad, alguien bailando, un video de gatitos. Seguimos deslizando la pantalla y continuamos con nuestra vida.

Desde hace tiempo me interesa pensar la salud mental desde un lugar que no reduzca todo lo que sentimos a un problema individual. Por supuesto que existen padecimientos que requieren acompañamiento psicológico, atención psiquiátrica y otros cuidados especializados. Pero también hay tristezas, miedos, rabias y agotamientos que tienen una historia, un contexto y condiciones materiales concretas.

A veces pareciera que frente a cualquier malestar la respuesta contemporánea consiste en aprender a gestionarnos mejor: ir a terapia, hacer ejercicio, meditar, dormir ocho horas, alimentarnos correctamente, trabajar nuestros vínculos, sanar nuestras heridas, ser resilientes. Muchas de estas herramientas son importantes, pero algo resulta extraño cuando incluso el cuidado termina convertido en otra exigencia que debemos cumplir.

Porque quizá no estamos hablando solamente de cómo sobrevivir emocionalmente a este mundo, sino de preguntarnos qué hay en este mundo que está haciendo tan difícil habitarlo.

Reencantar el mundo.

Hace algunos años encontré una idea de Silvia Federici que me parece especialmente necesaria para pensar estos tiempos: reencantar el mundo.

Federici utiliza esta expresión para hablar de los comunes, de los cuidados y de aquellas formas de construir la vida que existen más allá de la lógica de la acumulación y del mercado. Y me gusta pensar que hay algo profundamente relacionado con la salud mental en esta propuesta.

Reencantar el mundo no significa verlo bonito cuando no lo está. Tampoco significa negar la violencia, la desigualdad o la incertidumbre con una especie de pensamiento positivo. Tiene mucho más que ver con recuperar aquello que hace que la vida merezca ser vivida.

Encontrarnos. Cocinar para alguien. Hacer comunidad. Tener tiempo para conversar. Crear. Descansar sin culpa. Cuidar y dejarnos cuidar. Recuperar los espacios comunes. Volver a sentir que pertenecemos a algún lugar y que nuestra existencia está vinculada con la existencia de otras personas.



Quizá una parte importante de la desesperanza contemporánea tenga que ver precisamente con la pérdida de esos vínculos.

Mark Fisher escribió sobre la manera en que muchos malestares producidos socialmente terminan experimentándose como fracasos privados. Byung-Chul Han ha pensado el agotamiento de sociedades donde cada persona termina convirtiéndose en vigilante y explotadora de sí misma. bell hooks colocó el amor y el cuidado mucho más allá de lo romántico, como una práctica ética capaz de sostener otras formas de relacionarnos. Paulo Freire, por su parte, defendió una esperanza que nunca significó sentarse a esperar que las cosas mejoraran.

Son pensamientos diferentes, nacidos de lugares diferentes, pero algo parece atravesarlos: una vida profundamente individualizada termina siendo también una vida mucho más difícil de sostener.


Hay algo que me incomoda de ciertos discursos contemporáneos sobre el bienestar: esa necesidad permanente de asegurarnos que todo estará bien.

No lo sabemos.

Hay pérdidas que duelen. Hay situaciones profundamente injustas. Hay momentos históricos aterradores. Hay cosas que sencillamente no tienen un lado positivo y no necesitamos inventárselo.

La esperanza que me interesa está en otro lugar.

Tiene que ver con poder mirar aquello que está ocurriendo y, aun así, no asumir que el futuro ya está decidido.

Tal vez por eso, frente a la pregunta “¿qué hago para dejar de sentirme así?”, podríamos comenzar a hacernos también otra: “¿qué podemos hacer con esto y con quién podemos hacerlo?”

Ese pequeño cambio mueve muchas cosas. Nos saca, aunque sea por un momento, de la idea de que cada persona tiene que resolver en soledad todo aquello que le duele.

Porque la salud mental también se construye afuera del consultorio. Se construye en las amistades, en las familias que elegimos, en el barrio, en los espacios comunitarios, en el arte, en el descanso, en condiciones dignas de trabajo, en la posibilidad de sentirnos seguros y en saber que existen otras personas con quienes podemos atravesar la vida.

Quizá ir más allá de la desesperanza no sea encontrar una fórmula para sentirnos bien mientras el mundo arde.

Quizá tenga más que ver con volver a encontrarnos en medio del incendio.

Y desde ahí cuidar, resistir, imaginar y construir.

Más allá de la desesperanza | Salud mental en tiempos difíciles.

Hablamos de salud mental, desesperanza, agotamiento, sobreexposición a la violencia, comunidad y de la necesidad de recuperar nuestra capacidad para imaginar otros mundos posibles.

Les invito a escuchar la entrevista completa y a continuar esta conversación.

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